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PREFERENTEMENTE LOGI

El “Logi-de-la-bocina”, es lo más insoportable, fastidioso, ignorante y mano larga que podamos padecer en nuestro país. El Logi-de-la-bocina, toca y presiona el dispositivo sin distinción de espacio físico: si está frente a un hospital o si metió el auto en el cementerio, no le importa, no hay límite para semejante logi.

PREFERENTEMENTE LOGI

El “Logi-de-la-bocina”, es lo más insoportable, fastidioso, ignorante y mano larga que podamos padecer en nuestro país. El Logi-de-la-bocina, toca y presiona el dispositivo sin distinción de espacio físico: si está frente a un hospital o si metió el auto en el cementerio, no le importa, no hay límite para semejante logi. Mayormente se los ve dispuestos a contaminar el ambiente acústico en las salidas de los colegios, cuando tocan a rabiar, parando su auto en doble fila, esperando a que la maestra lo sintonice entre varias trompetas, o que el hijo pueda distinguir el sonido original de la bocina que chorrea despelotes de resonancia.

El Logi-de-la-bocina no se quiere bajar nunca jamás por nada del mundo de su auto, quiere que todo se cumpla desde su medio y según la insistencia del toque de su bocina, cree fervientemente que solucionará sus situaciones laborales. De hecho, el bocinazo a la víctima callejera o sea, una joven que haya osado usar una minifalda que adorne la belleza femenina, es motivo del sueño constante y repetitivo cuadra tras cuadra del ultra bobo Logi-de-la-bocina, que sueña que esa mujer luego de recibir el alterado bocinazo, saldrá corriendo hacia el auto del bobo y en el trayecto se irá desnudando para ganar tiempo.

El Logi-de-la-bocina conserva la mano derecha más tiempo en la bocina que en la caja de cambios y ante cualquier situación, incluyendo a una paloma que pasa volando a cien metros del auto por ejemplo, le dispara el bocinazo como una escopeta que obedece al ruido. Su adicción por presionar el dispositivo, los lleva a levantarse a las cuatro o cinco de la mañana e ir a sus garajes a tocar una serenata de cinco o diez minutos dependiendo del tratamiento que lleven con sus psiquiatras. Incluso algunos creen que hay variaciones musicales con tonos que suben o bajan sin darse cuenta de que es la pobre batería que baja decibeles por falta de recarga o mejor: por exceso de uso.

En las ciudades los Logi-de-la-bocina pululan esperando la mínima situación para meter mano y la bocina suena sin parar las veinticuatro horas del día. Van casi perdidos con su atención centrada solamente en ese botón, esa cosa pegada al volante que los pierde de tal forma que olvidan buena parte de sus compromisos, es sólo la bocina y ellos, su amor por apretar y producir un sonido que logra que otro pelotudo se percate de un pelotudo que toca bocina y logra que todos nos confundamos con todos. No hay una sola distinción de nada, la ciudad se ha transformado en una gran bocina y cuando dormimos a la noche, queremos que alguien cerca de las tres o cuatro de la mañana nos toque su serenata en las puertas o ventanas de nuestras casas para entusiasmar a los sonidos nocturnos.

A veces llegamos a extrañarlos, aunque en los pueblos o ciudades más chicas suelan considerarse algunos apercibimientos porque ahí nos conocemos todos y sabemos distinguir al Logi-de-la-bocina, de un boludo menor que la toque eventualmente para llamar a su novia en la puerta de la casa del suegro o situaciones mínimas, como las puertas de los boliches bailables o las estúpidas carreritas machistas de autos en los caminos sin asfalto, alternativos de todo pueblo.

El Logi-de-la-bocina, viene acompañado de un montón de pérdidas que vamos padeciendo cada vez más en nuestro país, una de ellas es la convivencia, cosa que antes nombrábamos como algo que se entendía en esa sola palabra y que ahora se la explica con adjetivaciones de todo tipo y solemos perder la paciencia tratando exponer la cuestión. Incluso llegamos a trompearnos o matarnos por el simple hecho de haber perdido el rumbo del aprendizaje de esa estúpida y mal aprendida palabrita. Qué cosa, ¿no?