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Algunos de mis escritos

ADELANTO DE "EL SANTO DE SACO VIEJO"

EL SANTO DE SACO VIEJO, NOVELA POLICIAL. ISBN: 978-987-3852-06-0. Publicado en octubre de 2015 EDITORIAL ULTIMO RECURSO, http://www.ultimorecurso.org.ar/

CAPÍTULO 1

Saco Viejo es departamento de Saco Nuevo. Hay que cruzar la marea para llegar hasta ese pueblo y esperar en Punta Verde a que suba el agua del mar, a que venga la respectiva lancha llamada “No hay” y que se llene de individuos porque por una o dos personas el chofer no se mueve. Luego cruzarla y volver a esperar a que suba porque cuando uno quiere avisar entre el cruce y el arribo, la marea bajó. Por la ruta es un poco más fácil, pero los cincuenta kilómetros que rodean la jodida marea suelen ser tediosos. El asunto era encontrar a Miguel Llanqueleo, para eso había que ir a Saco Viejo y comenzar con la investigación, la primera en mi carrera. Llevaba años recibiendo órdenes directas del comisario para investigar estupideces como adulterios o macanas de algún político. Sabía pasar horas persiguiendo a un individuo para sacarle una foto o quedarme en oficinas grandes en donde me hacía pasar como empleado de la vigilancia para controlar movimientos, guiños, sonrisas sospechosas y luego entregar los informes redactados (adjuntando fotos si era preciso) a los solicitantes por mediaciones del comisario. La fecha del robo del crucifijo coincidía con la desaparición de Llanqueleo. Era fácil deducir que encontrándolo se podía ubicar al respectivo crucifijo. Había que detenerlo y demorarlo en la comisaría o seccional correspondiente de Saco Viejo hasta que se esclarecieran los hechos. Había echado una mirada fugaz por los documentos que el oficial Toribio Uinca-Riqueo había dejado sobre mi escritorio y le ordené un informe más completo sobre cierto arribo de Miguel Llanqueleo a la comisaría a fines del año anterior. Necesitaba más detalles o que el oficial Uinca-Riqueo se presentara en mi oficina para discutir los pasos a seguir en la respectiva investigación. De todas formas, le iba a resultar difícil esconderse a Llanqueleo, la gente se conoce y pese al turismo, en cada uno de los pueblos, el extraño o el visitante es mirado con algo de atención. El asunto ya estaba publicado en las noticias, el comisario se había encargado de ir a hablar a todos los medios locales. Consideramos que un robo de ese tipo no podía quedar oculto entre las paredes de la comisaría y que debía cobrar notoriedad pública para que la gente se indignara como corresponde. De esa forma conseguiríamos la posibilidad de recabar datos de algún testigo ocasional que pudiera haber visto a Llanqueleo o sospechoso parecido dando vueltas por el Banco Provincial. El famoso crucifijo era una cruz espectacularmente grande y brillante de oro que se podía ver en el Banco de la Provincia. A la noche lo guardaban en la zona del tesoro, bajo custodia y alarmas con su respectiva cadena y eslabones también de oro. Según relata la historia que escuchamos en algún momento, cuando Ceferino estuvo en Europa, el Papa le había dado esa cruz en el mismísimo Vaticano en donde Dios se hallaba más cerca que en otras partes. Había llegado al Banco bajo particulares circunstancias que nunca pude entender, porque debería haber estado en Viedma, nuestra capital provincial. Pero según algunos, el crucifijo iba a recorrer todos los pueblos de la provincia (para que los fieles adoraran al oro y no al santo), hasta dejarlo en Chimpay, en donde descansaban los restos y en donde había nacido. Yo había ido a verlo al Banco porque se lo debía a mi abuelo quien sabía hablar mucho de Ceferino y no podía hacer menos por él. En el Banco me pareció haber visto lo mismo que muchos: un crucifijo de oro. Yo presumía que con el simple hecho de andar preguntando por el pueblo, este caso iría a saltar tan rápido como una pava hirviendo agua, y Llanqueleo podría aparecer enseguida, pensaba entusiasmado creyendo que con el caso solucionado a corto plazo, podía proporcionarme la posibilidad de aumento de sueldo o ascenso. Uinca-Riqueo estaba disponible para redactar el informe correspondiente, por lo tanto lo esperé en mi oficina tomando unos aguados mates amargos, omitiendo mi habitual visita al bar “El Pulpo”. Faltaba como pocas veces lo hacía, mi concurrencia era asidua y constante y mi solitaria vida me obligaba a desayunar fuera de casa en vista de que domésticamente no sabía desenvolverme con soltura. Por suerte el bar no tenía en cuenta los feriados, por eso sabía almorzar y hasta cenar diariamente teniendo una cuenta abierta a la que respondía con mis emolumentos los fines de mes. —¡Permiso señor oficial detective –gritó Toribio Uinca-Riqueo sin haberse tomado la molestia de golpear la puerta. Dejó el informe (sin encarpetar ni parecido: a simple hoja), sobre mi escritorio y salió casi como disparado por su correspondiente arma reglamentaria. Cuando quise abrir la boca para intentar un apercibimiento sobre su proceder, me había cerrado la puerta. Por lo tanto me quedé leyendo su incompleto informe.

CAPÍTULO 26

Corrí a la pieza a ponerme ropa de fajina en forma inmediata y saqué la camioneta del garaje, pese a las dudas que manchaban al respectivo vehículo. El asunto era que si dudaba demasiado, ¿en qué móvil iba a ir a la Caleta? Por eso me apuré a salir del pueblo. Ella hizo una rápida pasada por el supermercado y otra por su casa saliendo con un jogging por supuesto negro, pero con remera blanca que la mostraba distinta. Una hora después estábamos preparando el asado en la casa. Si me hubiera visto el abuelo llevando mujeres a la Caleta, me hubiera aplaudido por algo jamás esperado de mi parte. Antenao abrió todas las ventanas, preparó mates que me iba alcanzando y anduvo con la escoba y plumero acondicionando la casa, mientras yo juntaba la leña y disponía la carne y el fuego como siempre, sin tener que recibir preguntas al respecto de la parrilla en el suelo. Antenao tenía oculta una buena historia que me contaría a su debido momento. Seguro que tendría que ver con algún pasado por el campo lanero y algo que mencionó de su padre, que sin dudas sería algún viejo indio. Se acercaba despacio para darme el mate, se iba para continuar con la casa y volvía algunos minutos después para retirar el porongo. La Antenao estaba aprobada: sabía cebar mates. Luego de la comida, mientras el fuego de las brasas se apagaba brillando bajo, recorrí con la vista los alrededores del campo buscándolo a Croto sin que ella se diera cuenta. Había demasiada cantidad de leña quemada y casi fresca en el sitio de la parrilla y las preguntas de Croto al respecto de mi Winchester, estaban saciadas. El arma no estaba en su sitio y Croto estaba en mi campo. Sabría Dios, cómo se las habría arreglado para trasladarse. Ni bien llegara a Saco Nuevo, iría a redactar el informe para rastrillar la zona. Daba por sentado de que Chipauquil iría a solicitar un helicóptero de la jefatura de Viedma para poder hallarlo rápido.

Luego de un bajativo tecito de boldo, nos fuimos caminando los doscientos metros que separaban la casa del molino. Quería que viera a uno de los molinos más viejos de la zona porque era el único ojo de agua en varias leguas a la redonda. Fue llevado por partes en carreta desde Viedma y cuando lo terminaron de armar, hubo fiesta por tres días porque significó la eterna agua dulce para la familia y para los vecinos de los campos cercanos. Con trescientos más de caminata llegábamos al mar yendo por el atajo del viejo camino indio, mientras ella contaba que en su trabajo le habían dado el viernes libre porque casi todos los investigadores eran de Buenos Aires y se habían ido el jueves para pasar las fiestas en sus respectivas casas. Su voz sonaba única y sin el eco que se puede escuchar en una ciudad y con eso sí que jodía bastante el Bai, que los sonidos en el pueblo estaban como rodeados de resortes y no había ruido que no rebotara de casa en casa interrumpiendo cualquier siesta. En el campo de la Caleta los sonidos no necesitaban escucharse en el acto: quedaban ahí, esperando por tiempo indeterminado. Si llegaba a pasar otra gente, no había problemas, era cuestión de perseguir el hilo del sonido (como si fuera un humo de perfume) hasta que se terminara unos pasos más allá, cuando Antenao se quedara callada. Pero su voz era para mí, yo la absorbía más que cualquier piquillín, sólo ella, con su voz femenina confidente que iba conociendo mientras alguna calandria se encargaba de adornar su voz con algún trino gritón. Cuando descubrimos desde arriba de un médano a la playa de Punta Mejillón, con la absoluta disposición para ella, caminó apurada, bajó tropezando el médano y corrió algunos metros retozando de una forma distinta a su proceder. Sin dudas había mucho más para conocer de Antenao y por eso yo corría detrás de ella contento. Miraba extasiada hacia todos los frentes mientras caminábamos tomados de la mano hasta que el calor nos obligó a guarecernos bajo la sombra de los increíbles acantilados mucho más altos que los de Las Grutas, de los mismos que brotaban algunas ostras petrificadas que fue escarbando para evidenciarlas.

—El lunes voy a hablar con mi jefe para que vengan a investigar acá. En la zona del Fortín, en Las Grutas, hay piezas parecidas, pero esto es impresionante. Hay mucho material virgen. Si vos abrís esto con una cuchara o con una pinza, estás abriendo el secreto mejor guardado de este pobre bicho, un tesoro expuesto por pura invasión. Lleva miles de años inventándose para ocultar su cuerpo dentro de esta coraza y nosotros venimos invadiéndolas hasta echarles un chorro de limón y a la panza directo.

Estaba sentada en la arena con los pies cruzados y me explicaba como si tuviera a un niño enfrente y yo embelesado con la particular dulzura de Antenao a quien quería empezar a decirle Gabi, si me lo permitía.

—Espectacular –contesté como todo argumento mientras ella seguía revisando la ostra. La golpeó contra una roca que estaba a su lado y adentro sólo había arena, que chorreó lenta sin levantar polvillo.

—Estos últimos dos millones de años, habrán pasado dos millones de cosas como para que varios millones de partículas, se junten acá, en esta coraza. Es una frase de mi jefe, no me mires con esa cara. Pero podría haber habido un tesoro escondido por años frente a nuestros ojos, acá adentro de esta ostra –el sonido de las olas estallando contra la arena apaciguaba la voz cálida y pedagógica de Antenao que sonaba a seca contra el acantilado.

¡Un tesoro escondido por años! repetí para mis adentros y mi cabeza empezó a trabajar por revoluciones imparables. El tesoro escondido, ¡el tesoro escondido! Tenía que estar en la camioneta, pensé y a eso lo había soñado. Algo debía de haber en la camioneta que Croto me regalaba. Algo se sacaba de encima. Había recibido de regalo una camioneta y yo la usaba tranquilo por el pueblo sin haber preguntado mucho, con toda la confianza del engatusado y lo peor: ¿a quién debía pagarle la compra? Otra macana de infeliz distraído que se me pasaba de largo, como si yo hubiera esperado durante horas a la lancha de Loulel que pasaba por el muelle para buscar gente, amarraba, pegaba un pitazo o un grito para preguntar quién subiría y yo me quedara estático, distraído mirando hacia algún costado y no me subiera nunca. Si seguía acumulando errores, debía suicidarme por inepto. Ni bien llegara a Saco Nuevo llamaría al perito para que la revisara y desmantelara por partes.

Antenao-Manikeke fue cambiando poco a poco su mirada de ensayista al verme mirándola fijo absorto en mis pensamientos. Sus ojos tomaron la determinación del afloje, de intenciones de animal agazapado. Me acerqué despacio y la besé en la boca. Retrocedió algún centímetro para mirarme de cerca con asombro dócil, dejó a la ostra y a toda la teoría depositada en la arena y embestí con toda la furia, acostándola despacio sin darle tiempo a ninguna mirada suave. Sospechaba que por alguna parte me estaría mirando el mismísimo Croto, por eso no avanzaba lo suficiente como para hacer el amor en el medio de la playa dispuesta solamente para nosotros al modo más romántico, esperado. Antenao cedía y forcejeaba con la disposición indicada para tal fin y fui aflojando y tuvimos un sexo propio del lugar en el que nos hallábamos. Parafraseando a Huentelaf-Ookoko, hubiera ido bien la frase “rápido y eficaz”, al respecto de su relación llevada con el correspondiente marido de la Beata. Se sabe que en esa playa no hay nadie, pero siempre se mira ojeando hacia cualquier costado pensando en que irá a venir alguien o aparecerá algún león como decía el abuelo a los pumas grises que solían merodear la zona. Ella también miraba desconfiada, como presintiendo otra presencia y cuando saciamos las necesidades primarias, nos cambiamos apurados, sin mirarnos, sin poder apreciar si su cuerpo era lindo o no y salimos caminando en silencio hacia la casa. En el camino la abracé y besé para romper un poco el asunto de las confianzas tomadas con demasiada precipitación.

—Estuvo lindo, muchas gracias –dijo y quedé harto sorprendido o pleno si cabía ese tipo de apreciaciones de ocasión. Cerró con un beso que ella encaró directo a mi cara. ¿Y el pavo del novio habrá sido tan malo en estas cuestiones que ella se ruborizaba y agradecía? Tenía que llamar a Pailemán para que lo reventara a trompadas y luego lo ajusticiara con la reglamentaria para sacarme al fin esa paja en el ojo que no me dejaba mirar con plenitud a mi novia.

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